LA RODA DE ANDALUCÍA

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viernes, 2 de mayo de 2008

EL PASO DE PALIO


Si abriésemos una cátedra de estética, la primera lección de su programa sería explicar un paso de palio. Es un logro definitivo. Una fórmula conquistada. Como el capitel corintio. O el soneto. Porque el palio tiene todo: de arquitectura y de poema. De plástica y de lírica. Un palio es un soneto realizado de plata y claveles. Soneto por la técnica, pero por el tono es un poema para una mujer: para la Virgen.
Un poema de doce versos, medido y perfectos, que son sus doce varales de plata; pulidos y trabajados por el orfebre. Lo suficientemente recios para sostener el techo, y lo suficientemente gráciles para cimbrearse en el viento delgado de la noche. Doce versos que llevan la rima exacta de un color. Doce varales, doce versos de un poema, entre cuyas doce rejas de plata va llorado la más hermosa de las mujeres.
Tiene en su proporción las cualidades de lo clásico: la mesura. Se puede abarcar y gozar con la mirada de una vez. Sacia el espíritu, sin dejarlo inquieto como lo desmesurado e inabarcable del barroco. Y es sin embargo una creación del barroco que tiene mucho de clásico.
Está formado esencialmente por ángulos y lineas rectas. Y sin embargo da una sensación indefinible de gracia y feminidad.
El paso de frente es una hoguera dorada; dorados los cirios, doradas las llamas, dorados los bordados del palio y dorados los reflejos; y en medio de aquel oro incandescente del aire, el rostro de la Virgen dorado también en la tez morena de sus mejillas.

¡Si yo pudiera, Señora,
ser también paso de palio!

De mis dos brazos te haría
los varales torneados.

De mis ojos, luz de cirios.
Jarras de plata, mis manos.

Con el oro de mis versos
-todo un poema-, tu manto.
Mi juventud volandera,
flecos y borlas de tu palio.
Mis dos pies, los costaleros,
allá abajo.
Y mi corazón delante,
como capataz del paso.
El alma..., ésa la pondría
-pañuelo banco- en tus manos,
porque enjugaras tus lágrimas
y yo bebiera tu llanto.
¡Si yo pudiera Señora,
ser también paso de palio!.
Ramón Cué, S. j.

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Una de las locuras que más sorprende al forastero, es la que emprendemos cada año con la Semana Santa; cuando alrededor de la luna que cambia el invierno en primavera, el azahar revive los aromas y el pulso aligera el rumbo del deseo.